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las maniobras incómodas de un payaso llamado Maladrés en Curare Alterno

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Todo se encuentra preparado. Ya han llegado los asistentes quienes esperan en su calidad de público un acontecimiento, el cual promete el componente de la expectación y el espectáculo.

Se ha preparado un orden específico para potencializar cada gesto y palabra del invitado, puesto que la invitación alude a un contenido previamente decantado o no con supuesta rigurosidad, ya que enfrentar una audiencia siempre significa exigencia de un público insaciable, crítico y tirano.

Los actos performáticos dentro de la academia cuentan con la mediocridad que en ella se desarrolla. Aunque en esencia la academia alucina la tenencia en sus muros de un espacio óptimo para profundizar en el conocimiento, la realidad nos demuestra lo contrario, una institución que responde a las situaciones medias en que vivimos.

En la academia, existen públicos y actores a la espera de un juego de emisiones como efectos de transmisión. El profesor emite unos signos que no provienen en exclusiva de su experiencia, sino que responden a una señal emanada de una magnitud ajena y por lo general lejana. Los públicos esperan el error.

Ese transmisor en su discurso no debe colocar en exceso elementos de sí mismo, pues contaminaría la emisión. En su lugar debe conjugar entradas y salidas de interpersonalidad apoyado en otras voces de autoridad, pero al mismo tiempo desapariciones pignolépticas, que garanticen el máximo encargo de la enseñanza institucional: distraer.

Si un performance no distrae no sirve, ya que la distracción se usa como un recurso de dilatación del tiempo y los compromisos de tensión que implican el hacerse adulto. Un buen profesor por ese mismo hecho, es el que distrae de una manera divertida a sus estudiantes, quienes no dudarán ni por un instante en reclamar faltas a la premisa de la distracción, con señalamientos muy concretos de aburrimiento, pesadez, confusión e incomprensión.

En la representación performática de la academia no gusta el contenido profundo, sino solo aquel que juega a facilitar inmersiones de poco calado, que en apariencia se presenten con grandes alcances abisales: necesitamos distraernos de las cosas profundas del mundo, para eso nos envían nuestros padres confiados (cansados de tenernos en casa) y para eso nos pagan las instituciones.

Siempre es mejor que el que nos distraiga posea título de doctor en algo, pues significa que acredita el suficiente tiempo en la academia, tiempo en el cual ya ha naturalizado y hecho naturalizar a otros la navegación mediológica flexible que tanto persiguen los currículos, ahora acreditados por títulos sin sapiencia, con los cuales la institución responde a los desafíos igualmente mediales y por lo tanto mediocres de la sociedad actual del pasar el tiempo.

En Curare Alterno se presentó el payaso Maladrés, una mezcla de profesor “con contenidos” y clown del espectáculo, quien de manera muy perspicaz presenta la situación del fracaso en la educación.

Su práctica, como bien lo anuncia el gancho publicitario que usa, consiste en el fracaso. Es decir, develar para aceptar el fracaso, no sólo como el cuerpo político de emisión que representa, sino como artista. Todo en su performance es ruina, pero no la ruina estétizada de víctimas y despojos culturales para la autopromosión intelectual seudo romántica, sino una ruina alegórica del “wikipega” a través del cual construye historias con algún sentido de derivación.

Un profesor no aporta contenidos, eso es un total despropósito, más bien un profesor es quien permite a través de la distracción, el riesgo y la exposición, la activación de nuevas emisiones en los otros. Por ese motivo Maladrés el payaso, con su cansancio artístico y aburrimiento anacrónico, es quien mejor representa la hipocresía del fracaso de todo el sistema educativo, donde hemos depositado el ser en su proceso de domesticación.

 

Oscar Salamanca

 

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