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Pintura como premonición de vida y muerte, los frescos de Álvaro Salamanca en Curare Alterno

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Fresco, sin título, políptico (fragmento) 1992, Nueva York

El fresco como técnica exigente representa en la vida de un pintor una especie de tesis por el grado de dificultad en el manejo de las cargas de pigmento versus la transparencia en sus capas. Pero no solo la exigencia del fresco se refiere al dominio y destreza manual, sino también a la capacidad que posee el practicante al conservar cuidadosamente la luz con el objeto de lograr traducir una idea desde y a través de dicho medio, dentro de su propia lógica y naturaleza. Para lograrlo el pintor del fresco cuenta con trazas pensadas a priori, la rapidez del proceso y una idea clara que descansa , las más de las veces, en el dibujo.

 

El fresco llega a la vida de un pintor cuando se han transitado muchas técnicas y se ha logrado adquirir la estructura de lo que se quiere representar y decir con la acción de pintar. Así las cosas, vemos que un fresco limita los efectos si pensamos en los efectos como estrategia de ordenación de caos previos: aquí no se puede repisar, volver sobre lo pintado, pues se arrastra el enlucido y con él la cal termina por empobrecer la calidad y brillantez del pigmento.

 

Lo maravilloso del fresco reposa en la historia fantástica de pintar capas que irán sumergiéndose en las calcificaciones producidas por efecto de la atmósfera como capa superior protectora.

 

Al pintor fallecido Álvaro Salamanca (1958 – 1996) el fresco se le presentó en la etapa última de su vida cuando intentaba el esfuerzo migratorio por respirar la sinergia de Nueva York, como foco del arte internacional.

 

En apariencia se creaba un contrasentido que tocaba la retracción de tiempo de la técnica en medio de un movimiento telúrico y rápido de acontecimientos como lo representaba vivir y trabajar en una ciudad del cambio constante.

 

Salamanca devuelve la atención sobre el espacio de observación y la temporalidad detenida en elementos precisos y delimitados de su vida privada. El fresco pudo extraer los lugares de atascamiento para señalar lugares de culpa y castigo, paradójicamente símiles de la cal y la arena, pues desde la experiencia se amalgaban sentimientos encontrados con la figura del padre y su propia homosexualidad.

 

Se trataba de situaciones blandas y rugosas al mismo tiempo conformando una nueva sustancia vivencial. De allí cada pintura al fresco fue configurándose como testimonio diarista que contaba a través de filamentos agudos los pasajes más dolorosos y la alegría de su niñez.

 

En Curare Alterno, Álvaro Salamanca expone un políptico conformado de pinturas al fresco realizadas en el barrio Queens de Nueva York en el año 1992, donde podemos observar , no solo, una impecable ejecución de un pintor maduro muerto prematuramente, sino también un compendio temático de elaborada sensibilidad y traducción del ser en situación. Si hemos de pedir a la pintura algo, que ese algo no sea otra que la sinceridad.

 

O.S

 

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